segunda-feira, 2 de dezembro de 2013

Um bom artigo sobre a mentira, algo que me preocupa desde que comecei a pesquisar a famosa razão de estado.

Amnis


4 | 2004 : Médias et pouvoirs en Europe et en Amérique du XIXe siècle à nos jours

Genealogía de la noble mentira
Miguel Catalán
Résumé |

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Cet article analyse la notion de « noble mensonge » que l’on retrouve tout au long de l’histoire chez de nombreux auteurs, de Platon dans la Republique à Leo Strauss, l’actuel inspirateur de la politique menée par les néo-conservateurs aux Etats-Unis. L’article trace une ligne de pensée qui traverse les principales écoles et les auteurs modernes qui ont justifié le mensonge politique.



1Se ha dicho con frecuencia que el de la política es uno de los reinos predilectos de la mentira; aquel donde intervienen con mayor frecuencia las triquiñuelas, manipulaciones, falacias y engaños de todo tipo. Como señala Hannah Arendt en las primeras páginas de Crisis de la república: «La sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas y las mentiras han sido siempre consideradas en los tratos políticos como medios justificables»1. En otro lugar añadirá que la política es el lugar privilegiado de la mentira en la medida en que se considera un instrumento necesario y legítimo para el político y el estadista.
1  Arendt, Hannah, Crisis de la República, Madrid, Taurus, 1998, p. 12.

2 Ahora bien, no toda mentira que se pronuncia en política es una mentira política. Para empezar, la mentira política tal como aquí se define no es la del poderoso, sino sólo la del hombre público y, en especial, la del gobernante. No es mentira política la pronunciada con la finalidad de mantener la cuenta de resultados por una empresa transnacional de cigarrillos sobre su desconocimiento de los peligros del tabaco. Aunque se oiga en las audiencias de una comisión parlamentaria, esa es una mentira útil, moralmente reprobable, pero no una mentira política.

3 Tampoco es política la mentira bélica o de espionaje: en estas se trata de engañar a los enemigos en una guerra o a los adversarios extranjeros en una situación de confrontación internacional. La propaganda, los secretos militares y las campañas de guerra sicológica son medios para la victoria tan antiguos como el hombre y más o menos aceptados; pues, inmersos en el mal mayor de una guerra declarada, el que los contendientes utilicen el encubrimiento y la mentira se juzga un mal menor necesario, un instrumento más de lucha que quizá sería considerado ilícito en tiempo de paz. También se encuentra bastante admitida la censura oficial y el control de la información interno en tiempos de guerra; conviene ocultar ciertas informaciones deprimentes para el estado de la nación y la moral de la tropa; porque de ello puede depender el resultado final de la contienda.

4Por último, la mentira política tampoco es la mentira entre políticos en su diaria brega por desplazarse mutuamente en el ascenso en la jerarquía y en su lucha por cuotas más altas de poder; se ha afirmado con razón que para entender la actividad política del día a día es necesario concebir a sus agentes más bien como jugadores de póker que como otra cosa; el secreto, el ‘farol’ y las maniobras de distracción se encuentran entre las reglas admitidas del juego mientras no atenten contra la ley; forman parte de las expectativas compartidas por todos los jugadores.

5La mentira política es la mentira del poder político o gubernamental dirigida a los propios ciudadanos que representa, o también a las cámaras de representación de esos mismos ciudadanos.

6Respecto a la valoración moral o ideológica de la mentira política, es opinión común que nadie en nuestros días se toma la molestia de defenderla en la teoría; se supone más bien que las autoridades saben que lo correcto es decir la verdad, y que hasta querrían decirla, sólo que la carne es débil cuando se dilucidan mayores intereses: el del poder o el de la seguridad, por caso. Nos hallaríamos, según esa idea tan extendida, ante una especie de debilidad de la voluntad: el hablante sabe cuál es la verdad, tiene la intención de decirla, pero la perspectiva de obtener mayores beneficios le impide hacerlo.  

7A mi juicio, esta idea optimista sobre la valoración que merece la mentira política es inadecuada, como muestran ciertos fenómenos de descaro cínico respecto a la mentira pronunciada, los cuales hacen pensar en ciertos sobreentendidos entre los círculos dirigentes, mediáticos o diplomáticos; pensemos en las bromas de George W. Bush a los periodistas compatriotas haciendo como que buscaba el arsenal de armas químicas de Saddam Hussein bajo la mesa de su despacho el pasado 25 de marzo de 2004. Actitudes semejantes de las elites gobernantes hacia sus propios engaños parecen apuntar a una idea subyacente: la de que entre las acciones del buen gobernante se encuentra la de mentir al propio pueblo; sea en bien de este o por otros motivos.

8Me gustaría esbozar una genealogía, desde luego que breve y sumaria, de la llamada ‘noble mentira’ con el fin de conocer y valorar sus argumentos. Pues precisamente la noble mentira es aquella mentira política que se dice a los propios gobernados en bien del interés público.

9 La genealogía de la noble mentira que propongo sigue una línea de filósofos elitistas que empieza en Platón, se reanuda en Maquiavelo, continúa con Nietzsche, Max Weber, Carl Schmitt y Leo Strauss para recalar en la actual política internacional norteamericana con los neo-conservadores straussianos.

2  Utilizo la traducción de José Antonio Míguez para la edición de las Obras Completas de Platón; Mad (...)
10La tesis de la noble mentira ya fue expresada hace 2.500 años por Platón, con casi todas las líneas de fuerza y debilidad que sigue mostrando hoy día. El locus classicus se encuentra entre el final del libro II y el principio del libro III de República. En II 382 c, Platón afirma por boca de Sócrates que, cuando un poeta afirme de los dioses que mienten (cosa imposible por otra parte, pues nada malo viene de los dioses), «mostraremos nuestro disgusto y no le daremos coro ni permitiremos que los maestros se sirvan de sus obras para instruir a los jóvenes»2. Tal censura o prohibición del filósofo-rey se argumenta por la necesidad de que los «guardianes sean piadosos y se asemejen a los dioses ». Platón exige en el libro III decir a los ciudadanos cosas que les hagan ser valientes; por tanto, conviene borrar aquellos versos de la Odisea donde el fantasma de Aquiles declara que prefiere trabajar la tierra como el más pobre hombre a ser soberano de toda la multitud de los muertos, u otros que hablan de la morada del Hades como un lugar tétrico e infernal, pues, arguye Platón, quien crea en el Hades y sus castigos estará atenazado por el miedo a la muerte en las batallas, cosa inadecuada para el bien común: «Pediremos a Homero y a los demás poetas que no lleven a mal el que borremos de sus obras estos o parecidos versos», pues no deben ser escuchados por hombres libres que hayan de temer más a la esclavitud que a la muerte. Pero es en 389 donde Platón desarrolla el argumento central, señalando que la mentira no es útil a los dioses, pero sí puede serlo a los hombres... o mejor sería decir, sólo a cierto tipo de hombres. Acerca de la mentira... «cual si se tratara de un medicamento, está claro que su uso corresponde tan solo a los médicos, pero no a los particulares». La analogía médica nos lleva a la realidad política: «Si a alguien es lícito faltar a la verdad será únicamente a los que gobiernan la ciudad, autorizados para hacerlo con respecto a sus enemigos y conciudadanos». El engaño a los enemigos implica la mentira bélica o de espionaje, pero el engaño a los gobernados implica ya la mentira política. En bien de la ciudad autoriza Platón tanto una como otra. Y prosigue restringiendo el uso de la mentira: «Nadie más [que el gobernante] podrá hacerlo. El que un particular engañase a los gobernantes lo consideraríamos como una falta mayor que la que pueden cometer el enfermo que miente a su médico o el educando que no dice la verdad a su maestro en relación con el estado de su cuerpo, o incluso el que no manifiesta al piloto cómo se encuentran la nave y la tripulación».

11En este argumento analógico de Platón destacan tanto su paternalismo (el ciudadano sería como un educando de corta edad, en tanto el gobernante sería el sabio educador) cuanto su idea orgánica del Estado (el individuo no cuenta sino como órgano al servicio del cuerpo social). Ambos elementos legitiman la mentira del gobernante al particular, no sólo mediante la censura de lo que no se debe decir, sino mediante la afirmación de lo que no es. Y confirman un elitismo político basado en un dualismo social; quienes saben deben conducir a quienes no saben, en tanto estos deben limitarse a ser llevados sin protestar como lo haría la marinería de un barco. En la ciudad totalitaria platónica el destino del particular se encuentra sometido a las necesidades del Estado, y por esa razón se miente «contra el propio particular», a quien conviene ocultar los temores de la muerte. Pero además de estos trazos jerárquicos se percibe una sombra particular en la nobleza de la noble mentira. Y es que el beneficiario de la fomentada ignorancia de los gobernados no es sólo el Estado, sino el propio gobernante; lo veremos en los ejemplos dados por Sócrates a Adimanto en 390, cuando aquél señala que los jóvenes necesitan la templanza y que, por tanto, deben aprender las palabras de Diomedes en Homero: «Guarda silencio, amigo, y sé dócil a mis consejos», pero en cambio deben ocultárseles estas otras: «Borracho, que tienes ojos de perro y corazón de ciervo», y en general todas aquellas que «con insolencia manifiesta nos dan a conocer el trato de individuos particulares hacia sus gobernantes». Como vemos, el noble gobernante también se ocupa de sus propios intereses en el ejercicio de la noble mentira al prohibir las palabras insolentes y procurar en cambio la docilidad del pueblo llano.

3  Cf. Cardona de Gibert, Ángeles, «Estudio preliminar» in El Príncipe, Barcelona, Bruguera, 1974, pp (...)
12La tesis antigua de la noble mentira resurge en los albores de la Edad Moderna en la influyente obra de Maquiavelo. Los seguidores de Maquiavelo suelen afirmar que este no recomendaba la mentira del gobernante, sino que se limitaba a describir los procedimientos por los cuales se conserva de hecho el poder. Esta pretensión de los maquiavelianos no viene corroborada por los textos: Maquiavelo propone sus acciones de gobierno mediante términos técnicos como ‘conviene’, pero también por otros morales como ‘debe’, en el sentido de obligación moral, u ocultamente performativos, como ‘es preciso’. En el célebre capítulo XVIII de El príncipe señala el florentino que el príncipe siempre hará evidentes en palabras y gestos públicos su conformidad con las virtudes que desprecia, en especial con la paz y la fe. Semejante doblez hacia los súbditos se basa en y deriva de su ‘estupidez’ y ‘simpleza’, las cuales les empujan a que en cierto sentido «quieran» ser engañados. Son estas, sin duda, afirmaciones de hecho con implicaciones morales basadas en una antropología profundamente pesimista. En Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo afirma: «Es necesario para quien disponga de una República y ordene leyes en ella dar por supuesto que todos los hombres son malos, y que hacen uso de la maldad de su alma cada vez que tienen libre ocasión de ello»3. Por ese motivo, en el apartado III del capítulo XVIII de El Príncipe exhorta Maquiavelo a que el príncipe obre según la naturaleza de la zorra y la del león al mismo tiempo; debe hacerlo, pues así como la zorra no puede defenderse de los lobos, el león no sabe defenderse de las trampas. Aunque aquí utiliza un argumento defensivo, obrar como una zorra es lo que debe hacer también el propio príncipe en otras ocasiones; no sólo no puede, sino que no debe ser de fiar: «Por tanto, un príncipe prudente no puede ni debe [la cursiva es mía] mantener fidelidad en las promesas, cuando tal fidelidad redunda en perjuicio propio», afirma en el mismo lugar. La razón de ello es que los (demás) hombres son malos, y por tanto uno debe ser no menos malo. De la atrevida afirmación del ser se deriva el deber ser en un espécimen de falacia naturalista que para sí hubiera querido George Edward Moore. Textualmente: «Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería bueno; pero, como son malos y no observarán su fe con respecto a ti, tú tampoco tienes que observarla con respecto a ellos» (XII, 3). Ahora que está en acción la guerra preventiva, aquí tenemos un buen ejemplo de mala fe preventiva.

13Maquiavelo es lo bastante tácito como para no señalar ante quién en concreto hay que tener mala fe u olvidar las promesas cuando no convienen; tiene la prudencia de emplear para sus ejemplos a los príncipes extranjeros, pero en otros pasajes en que utiliza un estilo impersonal o habla de los hombres en general se ve con diáfana claridad que es el «estúpido vulgo» el destinatario de los mensajes principescos: «Pero es necesario saber encubrir bien este natural, y tener gran habilidad para fingir y disimular; los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar»(XII, 3).

14En la obra política de Maquiavelo destaca un fin único que nunca se discute y al cual hay que sacrificar cualesquiera otros bienes o valores: me refiero al fin del mantenimiento del poder; un poder al que el príncipe ha llegado por no importa los medios y que deberá conservar por no importa qué medios: «Procure, pues, un príncipe, conservar y mantener el Estado: los medios que emplee serán siempre considerados honrosos y alabados por todos; porque el vulgo se deja siempre coger por las apariencias [...]». (El Príncipe, XII, 5). Aquí el destinatario de las artimañas y mala fe es el propio vulgo; vale decir, los gobernados.

15Bajo los auspicios de un antimaquiavélico confeso, el monarca Federico II de Prusia, la Real Academia de Ciencias de Berlín convocó en 1778 un concurso filosófico bajo el título de «¿Es conveniente engañar al pueblo, sea induciéndole a nuevos errores, o manteniéndole en los que ya se encuentra ?». La causa del concurso parece hallarse en De Prejugés,un escrito del gramático y filósofo francés Cesar Chesnau du Marsais; en ese texto que tanto había impresionado a Federico II, Chesnau mantenía que el pueblo tenía derecho a exigir del príncipe el conocimiento de toda la verdad en los asuntos que afectaban a su destino.

4  Castillon, «Disertación sobre la cuestión propuesta», in Condorcet/Castillon/Becker, ¿Es convenien (...)
5  Becker, «Respuesta a la pregunta propuesta», in Condorcet/Castillon/Becker, ibid., pp. 167-9; el d (...)
6  Cf. De Lucas, Javier, «Estudio preliminar» in Condorcet/Castillon/Becker, ibid., p. xvi.
7 Ibid., p. xv.
16Federico II, pese al precedente de su escrito famoso Contra Maquiavelo, dio él mismo una respuesta positiva a la pregunta del concurso; convenía engañar al pueblo en favor del pueblo debido a sus deficientes condiciones intelectuales, entre otros aspectos. Federico, amigo de filósofos a quien gustaba ser llamado platónicamente «el rey filósofo» y también el «filósofo de Sans Souci», fue como se sabe uno de los modelos del llamado despotismo ilustrado, defensor de un centralismo que descansaba en el carácter absoluto del soberano. Federico II, hombre tolerante que fue bautizado por Voltaire como Federico el Grande, tenía también una visión pesimista sobre la naturaleza humana y descreía del poder de la educación. En una significativa decisión a la vez literaria, política y diplomática, el premio se repartió a partes iguales entre un defensor del «sí», el francés Fréderic de Castillon, y otro del «no», el alemán Rudolf Zacharias Becker; Castillon mantenía que debía mentirse al pueblo con el argumento de su condición de minoría de edad perpetua, y lo hacía mediante una analogía platónica con el niño y hasta con el enfermo4. Becker, por su parte, sostenía que las autoridades debían salvaguardar las libertades de prensa y pensamiento al tiempo que comprometerse a educar al pueblo para sacarlo de su situación lamentable5. Los principales argumentos de Becker no eran muy distintos de los desarrollados en la obra de Cartaud de la Villate; este había atribuido el recurso de los gobernantes a la ignorancia y el secreto con un despotismo que sólo podría superarse si se educaba al vulgo en un clima de libertad de opinión y tolerancia de ideas y costumbres6. No sin razón ha encontrado Javier de Lucas ecos del Ancien Régime en los argumentos de Castillon, en tanto en los de Cartaud y Becker más bien detecta el rechazo ilustrado al maquiavelismo y, con él, a la consideración del pueblo como menor de edad perpetuo que requiere ser apartado de las cuestiones de gobierno mediante el secreto, la simulación y la mentira. De Lucas atribuye la reacción de Cartaud al esfuerzo de ilustración kantiana que culminó en Fichte y su propósito de acabar con «el velo de la ignorancia, secreto y engaño que envuelve el poder de los príncipes en el Ancien Régime: el imperativo de la emancipación, de la mayoría de edad y la autonomía de la razón —prosigue— es incompatible con esos medios »7.

17 Como hemos visto en Platón, Maquiavelo o Castillon, la noción misma de “ noble mentira ” se basa en una antropología cerrada de carácter pesimista que, trasladada al ámbito político, se corresponde bien con el elitismo político, el autoritarismo y, hasta cierto punto, con el despotismo; tal noción es contraria a la idea liberal de que la verdad saldrá a la luz por sí sola si se permite que el público conozca todas las versiones, y asimismo con el ideal democrático de la participación de los ciudadanos en la cosa pública. Estimo, además, que esta idea en principio defendible de la noble mentira permite fácilmente todo tipo de aprovechamiento particular por parte de unos gobernantes que dispondrían así de mayor libertad de movimientos para reducir la disensión.

18La conexión de la noble mentira con el actual descaro cínico de la desinformación que mencionaba al principio la encontramos en un autor de la tradición elitista germánica llamado Leo Strauss.

19Strauss recibe influencias en este punto de dos autores intermedios: Friedrich Nietzsche y Max Weber, así como del teórico de la política y maestro vivo suyo Carl Schmitt. Por razones de tiempo no podemos sino esbozar sus ideas al respecto. Aunque nunca propuso la conveniencia de engañar al pueblo, Nietzsche sí impulsó en otros autores germánicos posteriores esa posibilidad con su convicción de que la mayoría no busca la verdad, sino sólo la creencia satisfactoria, y también con la división del género humano entre el noble individuo de distancias, prefiguración del superhombre, capaz de afrontar la mirada de la muerte, por ejemplo, y la ‘masa ciega’, que en cambio necesita ser consolada mediante falsas esperanzas, incluyendo la religión.

8  Utilizo la edición de Alianza editorial: Weber, Max, El político y el científico, Madrid, Alianza, (...)
9  Cit. in Sanchis Serra, Arturo Damián, ibid., p. 187.
10  Aron, Raymond, «Prólogo»in El político y el científico, op. cit., pp. 74-75. 
20Weber, por su parte, argumentó en «La política como vocación»8 que el reino de la ética y el de la política son independientes. Su noción de ‘ética de la responsabilidad’ (Verantwortungsethik) vaciaba de contenido práctico los principios morales, los cuales quedaban adscritos a una impracticable en la vida pública ‘ética de la convicción’ (Gesinnungsethik) que Weber ejemplifica en la moral evangélica o en la kantiana. Esta forzada dicotomía significa, en la práctica, que los principios morales no pueden aplicarse a la actividad política, siguiendo la idea de Maquiavelo de que la relación natural entre ética y política es la del divorcio. El propio Weber incluyó entre esos principios inaplicables el de veracidad. Y justificó la mentira a los ciudadanos alemanes respecto a las responsabilidades que había tenido su país en la Primera Guerra Mundial. Dejo para ocasión más extensa la discusión en detalle de los argumentos weberianos sobre la mentira responsable, pero sí me gustaría al menos indicar algunas de las consecuencias de la llamada ‘ética de la responsabilidad’ en la vida política. Se ha utilizado a Weber en este punto no pocas veces como una mera coartada intelectual para hacer a otros, los gobernados, algo que no quisieras te hicieran a ti, ni como gobernante ni como persona. Y se ha utilizado no sólo para aquellos casos en que ambos tipos de ética entrarían en colisión con la intención de hacer el bien por igual, sino cuando el hombre público busca su bien particular o el bien de su facción a costa del mal de otros, más acá y más allá de los márgenes del Estado. Se ha utilizado como una cobertura intelectual de la voluntad de poder que el propio Weber admitió al señalar que en situaciones límite la ética de la responsabilidad implica el recurso a una acción inmoral y la afirmación incondicional de una voluntad9. Los ecos de la primacía de la voluntad de poder nietzscheana resuenan aquí con toda nitidez. A mi juicio, el secreto de la conversión de la ética de la responsabilidad en una retórica de la responsabilidad se encuentra en la voluntad de poder subyacente, que es nietzscheanamente «lo último y lo decisivo» frente a las normas morales; puesto que los distintos ‘dioses’, en términos weberianos, tienen igual derecho a pretender imponerse, y puesto que «no es posible demostrar científicamente un juicio de valor o un imperativo moral », el principio de veracidad, o de reciprocidad son tan válidos como sus contrarios si estos consiguen imponerse. Como señala Raymond Aron, la postura de Weber parece casi nietzscheana, pues «los imperativos kantianos no son menos característicos de una actitud que la adhesión a los dogmas cristianos o el culto a los valores vitales. ‘No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti’ exige el refrenamiento de la voluntad de poder»10.

21Es cierto que no puede erigirse ética universal alguna a partir de la multiplicidad de las creencias religiosas y morales, pero tal imposibilidad no significa que no existan principios morales de carácter genérico como la reciprocidad o el cumplimiento de las promesas. Weber parece no tener en cuenta este hecho cuando otorga primacía a la responsabilidad de consecuencias inmorales sobre la convicción moral. El político se hallaría así por encima o más allá de las convicciones morales; dispondría de un saber amoral del que carece el hombre medio. La antropología pesimista, esta vez oculta bajo la incapacidad política del hombre medio, asoma de nuevo en la teoría política de Weber.

22Esta línea de pensamiento ha llegado a Leo Strauss, cuyos seguidores ejercen hoy una influencia notoria en la política exterior de Estados Unidos; algunos de entre ellos han desempeñado un papel notorio en la invención del argumento de las armas de destrucción masiva y, en general, del peligro inminente que representaba Saddam Hussein para Estados Unidos, con el fin premeditado de invadir y ocupar Iraq. Entre otros Shadia Drury con obras como The Political Ideas of Leo Strauss (1988) ha relacionado el papel de los straussianos en el entorno de la Casa Blanca con la idea straussiana de la utilidad política de la mentira.

11  Hersch, Seymour, «Selective Intelligence», The New Yorker, 12-5-2003.
23Antes de imbricar el sedicente pensamiento realista de los llamados neoconservadores norteamericanos en la línea general de la ‘noble mentira’, debemos señalar estas influencias en importantes cargos políticos de straussianos; los dos principales se doctoraron en 1972 bajo la tutela de Strauss: me refiero a Abram Shulsky, director de la Oficina del Pentágono para Planes Especiales, y a Paul Wolfowitz, vicesecretario de Defensa a las órdenes de Donald Rumsfeld y una de las autoridades más influyentes en la declaración de la guerra de Iraq. Según relata Seymour Hersch11, el hombre elegido por Wolfowitz tras el 11-S para crear falsas pruebas de la existencia en Iraq de un inmenso arsenal de armas químicas, y hasta nucleares, además de pruebas de la conexión entre Saddam y Al Quaeda, fue precisamente su co-doctorado por Strauss, Abram Shulsky. La Oficina para Planes Especiales que dirige Shulsky fue creada con el fin específico de encontrar pruebas de ambas cosas al margen de la CIA, la cual quedó marginada por aquella según recientes declaraciones del propio director de la Agencia Central de Inteligencia, George Tenet.

12  Cf. William Pfaff, «La ‘claridad moral’ de los hombres de Bush», El periódico, 27-VI-2003, in www. (...)
24Otros straussianos en el poder de Washington y sus aledaños son Richard Perle, miembro del Consejo Consultivo de Defensa del Pentágono, o Elliott Abrams, miembro del Consejo de Seguridad Nacional12, además de influyentes personalidades como Allan Bloom, que censuró en la muy straussiana The Closing of American Mind el relativismo y el excesivo liberalismo de la academia norteamericana, William Kristol, editor de la revista Weekly Standard, o Stephen Cambone, subsecretario de Defensa para Asuntos de Inteligencia y persona intensamente implicada en la campaña de justificación de la invasión de Iraq. Un reciente artículo aparecido en The Economist: «Philosophers and Kings», del 19 de junio de 2003, calcula en no menos de sesenta discípulos de Strauss quienes brindan cada 4 de julio en Washington en el entorno de la presidencia del país.

13  Papert, Tony, «The Secret Kingdom of Leo Strauss», in Executive Intelligence Review, XXX (2003), h (...)
25El procedimiento de captación de los straussianos que hoy influyen en la ideología y las estrategias del Partido Republicano es sobre todo académico. Según estimación de Tony Papert, Strauss sacó a un centenar de doctorados13, en tanto Allan Bloom, uno de sus discípulos más fieles, ejerció a su vez ese patronazgo académico con otros cien doctorados; nos encontramos en la cuarta generación de un poderoso grupo de apoyo mutuo, algunos de cuyos cerebros pasaron de la Universidad a la Política, como el propio Wolfowitz, discípulo de Strauss que a su vez tuvo como alumno a Lewis Libby, hoy jefe de personal de Dick Cheney.

26Muchos se preguntarán en España quién es Strauss, académico cuya doctrina se encuentra en buena parte tras las mentiras necesarias del gobierno de George W. Bush.

27Leo Strauss fue un profesor judío nacido en 1899 en Hessen, Alemania, que hubo de emigrar a Estados Unidos en 1938 por motivos evidentes de fuerza mayor; fue discípulo de Edmund Husserl y de Martin Heidegger. En la Universidad de Chicago, el ascendiente sobre sus discípulos, luego influyentes universitarios, se asentaba sobre un probado carisma docente que pudo haber aprendido de las clases que él mismo recibió de Heidegger. Algunos de los alumnos de Strauss señalarían después que el efecto de sus palabras era hipnótico.

14  Gourevitch, Victor, y Roth, Samuel S., «Introducción»in Strauss, Leo, On Tyranny, Free Press, Nuev (...)
28El ideal político de Strauss es antiguo y platónico en el sentido de que, a su juicio, sólo quienes saben deben gobernar, y han de hacerlo además al margen de quienes no saben. En diversos lugares defiende asimismo la visión de Trasímaco según la cual la justicia se reduce en realidad al interés del más fuerte. La impronta que se esconde tras el ideal straussiano es, a su vez, nietzscheana, aquella que atribuye sólo a la elite de los sabios la fortaleza suficiente para mirar de frente la verdad y actuar en consecuencia. El poder de los que saben, de hecho, es en Strauss derivada del reconocimiento de las llamadas «verdades nihilistas». Entre los filósofos y los no-filósofos, como señalan Victor Gourevitch y Samuel S. Roth, se produce según Leo Strauss un conflicto inevitable, puesto que la sociedad (o también: la ciudad) constituida por los no-filósofos reposa sobre verdades y creencias compartidas y, en cambio, la filosofía pone en entredicho toda confianza y autoridad14.

15  Cf. las pp. 194 y ss. de Strauss en On Tyranny, op. cit., donde destaca su espíritu sectario. Stra (...)
16  Strauss, Leo, Natural Right and History, Chicago, University of Chicago Press, 1953, p. 151.
17  Shulsky, Abram N., y Schmitt, Gary James, Silent Warfare: Understanding the World of Intelligence, (...)
18  Drury, Shadia, «Noble lies and perpetual war: Leo Strauss, the neo-cons, and Iraq», entrevista con (...)
29En este punto se anuda el vínculo de Strauss con la noble mentira, pues la sociedad (el pueblo) no se encuentra preparada para escuchar la cruda verdad de quienes han sabido reconocerla, y por tal razón pide ser engañada mediante mitos políticos y consuelos metafísicos. Tal incompetencia política del pueblo y tal dependencia de las pasiones resulta, además, irreformable. Saber la verdad desmoralizaría a los ciudadanos corrientes, y de ahí la necesidad de la mentira política. El gobernante debe sacar partido de tales pasiones a fin de conservar el orden social; debe tratar a los ciudadanos como niños. A diferencia de su amigo y corresponsal Alexandre Kojève, que abogaba por la reconciliación futura entre gobernantes y gobernados, Strauss propugna el mantenimiento de una gran distancia entre ambos15. No hace aquí Strauss sino reiterar la misma distancia que habían defendido Nietzsche, Heidegger y en especial Carl Schmitt, quien denostó al liberalismo en la medida en que no parecía comprender el fundamento de la política, que no es el entendimiento, sino muy al contrario el enfrentamiento profundo de los grupos; de ahí la polarización insuperable entre la noción de ‘amigo’ y de ‘enemigo’. Este talante agresivo de la política implica desde luego la necesidad de un enemigo exterior que mantenga unida a la población, al modo recomendado también por Maquiavelo, siquiera sea artificialmente. La línea de pensamiento político de confrontación en la que todo vale, incluyendo desde luego la mentira estratégica, es profundamente antiliberal y antidemocrática, como se ve en la propuesta de Strauss de utilizar la fuerza procedente de la ausencia de dudas y de discusión: la eficacia política implica la ‘claridad moral’ y el ataque a todo relativismo. Por esa causa, la insalvable distancia entre gobernantes y gobernados ha de protegerse mediante la ocultación y la mentira, que Strauss justifica en Natural Right and History apelando justamente a Platón16. Según él, los filósofos gobernantes son intelectualmente superiores al vulgo gobernado. A partir de esta idea del significado oculto de los dicta del sabio de Strauss, Shulsky y Gary Schmitt, dos discípulos suyos, escribieron en su obra en colaboración Silent Warfare17 que la norma de la vida política se encuentra íntimamente vinculada al engaño, y también sugirieron que debían impulsarse sin ambages tácticas concretas de información que aunaran eficacia y engaño. El propio Strauss, ha indicado Shadia Drury18, mantenía que los gobernantes nietzscheanos, sabedores de la inexistencia del bien y el mal, tienen derecho a mentir cuantas veces quieran a sus gobernados precisamente porque estos no se encuentran en condiciones de aceptar la verdad, y de ahí la acusación de que los actuales straussianos en el poder estiman que el filósofo debe retornar a la caverna para manipular las imágenes, esta vez proyectadas por los medios de comunicación propios y afines, con el fin de crear en las masas el consenso imprescindible para declarar las guerras de invasión necesarias en pos de la hegemonía militar y económica estadounidense, al fin y al cabo la mejor exposición de la voluntad de poder nietzscheana que hoy podemos imaginar.

19  Strauss, Leo, Persecución y arte de escribir, Valencia, Alfons el Magnànim, 1997.
20  Paper, Tony, «El reino secreto de Leo Strauss», ibid.
30 Respecto a la necesidad de mentir y engañar al vulgo, en Persecución y arte de escribir afirma Strauss que Eusebio, Hobbes, Lessing o Gibbon entre otras autoridades del pasado escribían entre líneas con el fin de ser entendidos sólo por los sabios. La escritura esotérica no depende según Strauss de épocas o regímenes autoritarios, sino que es para todo tiempo y lugar: hay quien conoce cosas que ninguna mayoría estará nunca en condiciones de aceptar. Esta verdad que según Strauss no quieren reconocer los tiempos modernos fue tenida por evidente en los antiguos: pues si bien un gran número de filósofos antiguos creyeron que «el golfo que separaba a “los sabios” y al “vulgo” era un hecho básico de la naturaleza humana»19, los modernos se han sometido sin embargo a la voz del vulgo de forma insensata. En Persecución… se renueva la idea platónica de que la verdad es peligrosa para los ciudadanos corrientes, y que el sabio o el gobernante debe protegerlos de sus efectos. En este ensayo se detecta la misma ambigüedad de altruismo / egoísmo que en Platón: el sabio straussiano debe ocultar sus opiniones para protegerse de la masa, pero lo hace porque es superior a ella. Sus relaciones con la ciudad, por tanto, no pueden ser sino oblicuas. Esa oblicuidad practicaba de hecho Strauss en muchos de sus escritos, los cuales leídos por legos parecían exhortaciones a la moralidad, el patriotismo o el temor de Dios20, pero leídos por los jóvenes adecuados, los ‘filósofos’, sus discípulos, significaban cosas muy distintas. No es extraño que esos jóvenes alumnos de Strauss durante decenios se creyeran iniciados en la más emocionante de las sectas intelectuales, pues al fin y al cabo seguían las entusiasmadoras enseñanzas de Maquiavelo acerca de la jerarquía natural de los seres humanos: ellos se encontraban ya, desde luego, en la parte alta de la pirámide.

21  Lampert, Laurence, Leo Strauss and Nietzsche, Chicago, University of Chicago Press, 1996.
22  Vid. el comentario de Shadia Drury in «The making of a Straussian», The Philosopher’s Magazine, XX (...)
23  Strauss, Leo, On Tyranny, p. 193
31 Como ha mostrado Laurence Lampert en su Leo Strauss and Nietzsche21, el aliento del Nietzsche político (el menos aconsejable a mi juicio entre muchos Nietzsches aconsejables) respira en Natural Right and History, donde Strauss contrapone el derecho de los superiores a gobernar a los inferiores, que es el «derecho natural clásico», a la doctrina moderna de los «derechos naturales» de todos los hombres22. Drury recuerda cómo Strauss enseñaba a sus alumnos que la virtud moral sólo existía en la opinión popular; alumnos que después serían considerados esotéricos como Thomas Pangle, Allan Bloom y Werner Dannhauser fueron testigos de que la figura straussiana de ‘el filósofo’ no era más que una transposición del ‘superhombre’ nietzscheano; aquel espíritu excepcional capaz de hacer frente a las verdades más difíciles de aceptar: que no hay Dios, que la naturaleza no se ocupa del hombre, que el bien y el mal son dos viejos cuentos y que el más allá no pasa de una agradable invención. El resto (los ‘esclavos’ o la ‘manada’ en términos nietzscheanos) necesita creer en todas esas ficciones para no enloquecer. Puesto que, como Platón afirmaba en la República y Strauss reitera en su debate con Alexandre Kojève23, el filósofo no quiere gobernar por su propia mano, junto al ‘filósofo’ straussiano debe colocarse el ‘caballero’ straussiano, representado por estadistas y hombres cercanos al Gobierno que serían instruidos por los filósofos (los cuales formarían una especie de ‘Consejo Nocturno’ parecido al que recomienda Platón en Las Leyes); tales caballeros resultarían útiles a la causa, aunque no estarían en la verdad profunda (nietzscheana) de la escuela; gracias a estos caballeros hoy cercanos a la casa Blanca, entre los que se encontrarían William Bennett o Harry Jaffa, los filósofos accederían a un ‘reino secreto’ que en un mundo como el nuestro, liberal y corrompido por la regla de las mayorías, es el único posible. 

24  Strauss, Leo, Persecución y arte..., op. cit., p. 90.
32Strauss sugería que la diferencia entre los filósofos antiguos y modernos radicaba en la actitud positiva que mostraban los antiguos hacia las nobles mentiras, las mentiras piadosas, la economía de la verdad o el ductus obliquus [expresión oblicua], y que los modernos quedaban impresionados ante el hecho de que grandes hombres del pasado pudieran haber en sus escritos exotéricos «engañado deliberadamente a la mayoría de sus lectores»24. Aunque tal segunda intención de los filósofos oblicuos es asunto indemostrable, esa escritura entre líneas y ese engaño a las masas es elogiada por Strauss de diversos modos. 

25  Ibid., p. 91.
26  Lastra, Antonio, La naturaleza de la filosofía política. Un ensayo sobre Leo Strauss, Murcia, Res (...)
27  Strauss, Leo, Persecución y arte..., op. cit., p. 92.
33 Según Strauss, un libro exotérico contiene dos enseñanzas: una popular de carácter edificante (el castigo del vicio, el refrenamiento de las pasiones, la fe en el más allá, etc.), y una realista indicada sólo entre líneas; tal desdoblamiento defensivo sería necesario, pues «hay verdades básicas que no serían pronunciadas en público por ningún hombre decente, porque podrían perjudicar a mucha gente que, habiendo resultado injuriada, propendería naturalmente a injuriar a su vez a quien pronuncia las verdades desagradables». Resulta significativo que tales personas oculten según Strauss su verdadero pensamiento porque la libre investigación y la libre publicación de los resultados «no está garantizada como un derecho básico»en las sociedades no liberales25 ni tampoco en las liberales. La maldad de los hombres planea por encima de las formas en que estos se gobiernan. «La escritura exotérica se convertía —escribe Antonio Lastra en su estudio sobre Strauss—, de este modo, en un arte de escribir necesario para la supervivencia de la filosofía. [...] Strauss advierte, sin embargo, que el peligro que se cierne sobre la filosofía no ha terminado con el advenimiento del liberalismo, o de lo que Kojève llamará “El Estado Universal y homogéneo”»26. La escritura para unos pocos, pues, no es agresiva ni dañina, sino sólo un acto defensivo del sabio ante la probable persecución que la mayoría por naturaleza intolerante llevaría a cabo sobre su persona. Y termina Strauss poéticamente su Persecución y arte de escribir comparando la situación de las obras de los grandes sabios con la descripción que Alcibíades hace de Sócrates en el Banquete de Platón: la de una figura fea en su exterior, pero que contiene en su interior las más hermosas imágenes de las cosas divinas27.

28  Cf. Catalán, Miguel, «La libertad de la opinión en tiempos de guerra», Comunicación y Estudios Uni (...)
34 Frente al conjunto de estas teorías elitistas, autoritarias y misantrópicas sobre la naturaleza humana que justifican la noble mentira, cabe esgrimir tanto el ideal ilustrado de Kant cuanto la teoría liberal de Mill y la idea democrática de Dewey en el sentido de que el pensamiento y la acción pública son y sólo pueden ser, en el fondo, una tarea colectiva; el primero expuso ese ideal en Qué es la ilustración28, donde estableció el ideal ilustrado de emancipación de todos los hombres y el acceso a su mayoría mental mediante la autonomía de la razón, poniendo así en entredicho tanto el paternalismo platónico como el elitismo maquiavélico; Mill, por su parte, vinculó agudamente en On Liberty el principio de autoridad basado en el conocimiento (el gobierno de los sabios) con el deseo oculto de restringir la libertad de los demás hombres, y este, a su vez, con el deseo de imponer su poder sobre ellos y de obligar a su conformidad ciega; tales deseos latentes, además, harían uso para alcanzar su finalidad de una falsa presunción: la de que no hay sino una sola respuesta a los problemas colectivos y, que esa respuesta es conocida por un tipo especial de persona; Dewey, por último, explicó en La reconstrucción de la filosofía que la prueba que sirve para decidir si un supuesto bien es auténtico o espurio nos la proporciona su capacidad para resistir la publicidad y la comunicación, y en el resto de su obra que el ideal de toda filosofía es favorecer la ampliación de la libertad de todos los hombres mediante el conocimiento y la educación.

29  Dewey, John, «The One-World of Hitler´s National Socialism», in O. C. / Middle Works, 15: 445.
30  Ibid.
35 En una comunicación pública donde el comunicante trata a los ciudadanos como seres adultos y responsables es preciso rechazar toda idea de ‘noble mentira’. Me atrevería a decir que lo que se oponen aquí son dos concepciones del mundo: una concepción autoritaria y otra democrática. Esta diferencia de Weltanschauung entre ambas tradiciones fue asociada por Dewey en un escrito de 1942 a la diferencia entre la tradición autoritaria germánica y la tradición liberal anglosajona.
Dewey sitúa, en el prólogo deweyano a la segunda edición de su German Philosophy and Politics29, a un lado el «principio autoritario de la imposición», con su intento de alcanzar el ideal de una comunidad unida (una sociedad volkische o popular) mediante la imposición, pero también mediante «la propaganda y la educación ideológicas, de unas verdades absolutas e incontrovertibles, y al otro lado el principio democrático de la comunicación»30, que pretende alcanzar el ideal de la comunidad mediante el valor de la colaboración, la práctica del consenso y la hegemonía de las asociaciones voluntarias de individuos, de abajo arriba.

36En una relación democrática, quien es elegido para desempeñar una tarea de gobierno no tiene derecho moral ni político a mentir a su elector, porque está defraudando la encomienda que este le ha hecho. En un estado de opinión pública, en una democracia, la ciudadanía no debe consentir que se le mienta en asuntos que atañen al destino de la comunidad; y cuando esto sucede sin que le cueste su cargo al gobernante es porque el necesario vínculo entre sistema político y vida social se encuentra deteriorado o quebrantado. 

37Debo insistir para terminar en lo cerca que se encuentra la noción misma de ‘noble mentira’ de la hipocresía y del autoengaño. La adoración del poder y el consiguiente apartamiento de la sociedad común por parte del gobernante llevan con frecuencia a hacerle confundir verdad y mentira; en la enaltecida autoconcepción del gobernante que implica la noble mentira, ambos conceptos tienden a difuminar sus contornos; se disimulan así en el seno de la noble mentira otras mentiras innobles, como sucede con la obediencia sumisa de los particulares a los gobernantes-filósofos de Platón. No es que Nietzsche no tuviera razón al atribuir a la mayoría el deseo frecuente de obtener creencias satisfactorias en vez de verdades; sino que ese deseo es universal y afecta no menos a las elites gobernantes que a los gobernados, aunque sea bajo formas diversas. Por ello, los motivos aducidos para la conducta oblicua respecto al pueblo no suelen ser los reales: pues los motivos personales se transforman con suma facilidad en generales, y los motivos egoístas en altruistas. Cuando Strauss enseñaba a sus discípulos que los que saben tienen derecho a gobernar sobre los que no saben, el placer de sentirse uno de esos pocos constituye un señuelo demasiado tentador para cualquier joven ambicioso. Pero no es una verdad desnuda, sino una coartada respecto al propio deseo de poder; un deseo hecho realidad y una pasión autosatisfecha en modo no tan distinto a como los elitistas retratan los deseos y las pasiones de la ‘masa’ convertidos en realidad por la retórica del gobernante sin escrúpulos. Quien engaña, como decía Maquiavelo, encontrará siempre a quien se deje engañar. Cabría añadir: sin dejar de lado a uno mismo. 

38No debemos permitir en nuestras sociedades democráticas la así llamada noble mentira, pues tal práctica implica una perversión y, en última instancia, una anulación, del espíritu de la propia democracia, que es de naturaleza sobre todo moral. La preponderancia de la actual mentira institucionalizada no radica en el hecho de que los dirigentes tengan en poco la verdad, o que la desprecien. Estimo que aprecian la verdad en lo que vale; a quienes no aprecian en realidad es a sus gobernados. Existe entre las elites gobernantes un problema de desprecio a la libertad y dignidad del público, al que se sigue tratando como menor de edad. Pues sin duda conocer la verdad es necesario para la verdadera libertad de los ciudadanos, tanto en el sentido negativo como en el positivo de la palabra ‘libertad’, así como para el ejercicio de una democracia sustancial.

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Notes

1  Arendt, Hannah, Crisis de la República, Madrid, Taurus, 1998, p. 12.
2  Utilizo la traducción de José Antonio Míguez para la edición de las Obras Completas de Platón; Madrid, Aguilar, 1979.
3  Cf. Cardona de Gibert, Ángeles, «Estudio preliminar» in El Príncipe, Barcelona, Bruguera, 1974, pp. 7-79, p. 37.
4  Castillon, «Disertación sobre la cuestión propuesta», in Condorcet/Castillon/Becker, ¿Es conveniente engañar al pueblo?, Madrid, CSIC, 1991, pp. 29-71.
5  Becker, «Respuesta a la pregunta propuesta», in Condorcet/Castillon/Becker, ibid., pp. 167-9; el discurso completo de Becker ocupa las pp. 73-169.
6  Cf. De Lucas, Javier, «Estudio preliminar» in Condorcet/Castillon/Becker, ibid., p. xvi.
7 Ibid., p. xv.
8  Utilizo la edición de Alianza editorial: Weber, Max, El político y el científico, Madrid, Alianza, 1972. Un útil resumen de la antinomia weberiana se encontrará en Sanchis Serra, Arturo D., »La aportación de Max Weber al estudio de la oposición entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad en el marco de la relación entre la ética y la política », in Comunicación y estudios universitarios, IV (1994), pp. 181-192.
9  Cit. in Sanchis Serra, Arturo Damián, ibid., p. 187.
10  Aron, Raymond, «Prólogo»in El político y el científico, op. cit., pp. 74-75. 
11  Hersch, Seymour, «Selective Intelligence», The New Yorker, 12-5-2003.
12  Cf. William Pfaff, «La ‘claridad moral’ de los hombres de Bush», El periódico, 27-VI-2003, in www.elperiodico.com.
13  Papert, Tony, «The Secret Kingdom of Leo Strauss», in Executive Intelligence Review, XXX (2003), http://www.larouchepub.com/pr/site_packages/2003/leo_strauss/3015secret_kingdom_ap.html.
14  Gourevitch, Victor, y Roth, Samuel S., «Introducción»in Strauss, Leo, On Tyranny, Free Press, Nueva York, 1991, p. IX.
15  Cf. las pp. 194 y ss. de Strauss en On Tyranny, op. cit., donde destaca su espíritu sectario. Strauss atribuye a la secta el ideal de búsqueda de la verdad al margen del resto de la humanidad. Frente al ideal de Kojève de una República de las Letras más abierta, Strauss se inclina por las virtudes de la secta: «El afecto a los seres humanos como seres humanos no es propio del filósofo. Como filósofo, está inclinado a un tipo particular de ser humano, es decir a los filósofos actuales o potenciales o a sus amigos» (p. 200).
16  Strauss, Leo, Natural Right and History, Chicago, University of Chicago Press, 1953, p. 151.
17  Shulsky, Abram N., y Schmitt, Gary James, Silent Warfare: Understanding the World of Intelligence, Washington, DC,Brasseys, Inc., 2002. La primera edición es de 1999.
18  Drury, Shadia, «Noble lies and perpetual war: Leo Strauss, the neo-cons, and Iraq», entrevista concedida a Dani Postel para Open Democracy en http://www.opendemocracy.net/debates/article-3-77-1542.jsp
19  Strauss, Leo, Persecución y arte de escribir, Valencia, Alfons el Magnànim, 1997.
20  Paper, Tony, «El reino secreto de Leo Strauss», ibid.
21  Lampert, Laurence, Leo Strauss and Nietzsche, Chicago, University of Chicago Press, 1996.
22  Vid. el comentario de Shadia Drury in «The making of a Straussian», The Philosopher’s Magazine, XXV (2004), pp. 24-26.
23  Strauss, Leo, On Tyranny, p. 193
24  Strauss, Leo, Persecución y arte..., op. cit., p. 90.
25  Ibid., p. 91.
26  Lastra, Antonio, La naturaleza de la filosofía política. Un ensayo sobre Leo Strauss, Murcia, Res Publica, 2000, p. 135.
27  Strauss, Leo, Persecución y arte..., op. cit., p. 92.
28  Cf. Catalán, Miguel, «La libertad de la opinión en tiempos de guerra», Comunicación y Estudios Universitarios, X (2001), pp. 141-146.
29  Dewey, John, «The One-World of Hitler´s National Socialism», in O. C. / Middle Works, 15: 445.
30  Ibid.
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Pour citer cet article

Référence électronique
Miguel Catalán, « Genealogía de la noble mentira », Amnis [En ligne], 4 | 2004, mis en ligne le 30 juin 2004, consulté le 22 novembre 2013. URL : http://amnis.revues.org/399
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Auteur

Miguel Catalán
Universidad Cardenal Herrera CEU, Valencia, España, mcatalan@uch.ceu.es

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La verdad en tiempos de guerra. Una ilustración del consecuencialismo de John Dewey [Texte intégral]
Paru dans Amnis, 12 | 2013
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